Lun 30 Mar 2015 01:18

Oswaldo Reynoso: “Me da asco cuando escucho que el peruano es pacífico”

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reynoso

Le llaman el verdadero transgresor de la literatura peruana; resaltan la agresiva belleza de su prosa. Pero hace 50 años dijeron que sus libros eran obscenos y que había que arrojarlos a la basura. Las editoriales pequeñas lo publican y los escolares de provincias leen sus libros. Él se llama a sí mismo el bestseller clandestino del Perú. Habla como profesor y como el marxista convicto y confeso que nunca ha dejado de ser. Utiliza un papel a manera de pizarra y enumera sus ideas con orden y precisión. Su abundante cabellera blanca sigue inalterable y tiene una cicatriz en la nariz producto de una reciente intervención para eliminar un cáncer de piel.

Hola Oswaldo.
Los he citado en este café que es un lugar abierto porque no me gusta que me tomen fotos con los libros de mi biblioteca, eso me parece una gran huachafería. Es como si entrevistaran a un general y éste se tomara una foto frente a sus tanques. También los hubiera podido invitar a una cantina.

¿Cuál es tu lugar preferido?
El Sapo de Oro que queda en Breña, entre Orbegoso y Varela. En los años 50 y 60, existían las famosas ramadas que eran restaurantes grandes con mesas y rocolas, y la gente se reunía para conversar y jugar sapo y cacho. En cada barrio había una. Ahora solo queda ésa en Breña y hay otro en La Mar en Pueblo Libre. A la entrada hay una registradora antigua y la radiola tiene toda la colección de la música de la Sonora Matancera, rancheras y valses antiguos.

Ahora los bares y cafés se están uniformizando. 
Igual que las ciudades de provincias. Son pocas las que conservan el perfil antiguo. Uno está en una calle de Chiclayo, de Trujillo o de Piura y parece que estuviera en Lima. Las mismas farmacias, las mismas pollerías. Solamente el centro de Huamanga, el de Cusco, el de Arequipa y parte de Moquegua se conserva.

Eso se llama globalización.
Sí, en el proceso de globalización hay dos factores: Los que globalizan y los globalizados, que somos nosotros. Eso hace que perdamos nuestra característica nacional. Yo no hablo de identidad porque no creo que exista una única en el Perú. Acá nada se puede generalizar. Por ejemplo, tenemos el caso de los jóvenes frente a la ley del trabajo. Se habla del poder joven, pero habría que preguntarse hasta qué punto los jóvenes de los conos han tenido voz en las protestas. Yo he visto a los representantes que pertenecen a una clase media acomodada. Ellos no van a plantear cuestiones de fondo como el problema del agua, del desagüe, de la vivienda, de los estudios. No van a dañar la estructura del sistema.

Pero reconoces que lograron parar el proyecto de ley.
Eso ha sido bueno. Yo me inicié en la docencia cuando tenía 22 años y siempre he estado en contacto con la juventud. Me he encontrado con jóvenes que eran muy violentos, extremistas, convertidos en empresarios. Muy pocos persisten en la línea. Lo que vale es la posición que se tiene dentro del proceso económico y productivo de un país.

Hablemos sobre libros. Hay nuevos autores y un creciente movimiento literario. ¿Ves con buenos ojos el rumbo que está tomando la literatura peruana?
En este momento se propician novelas y cuentos en los que los personajes pobres o provincianos, a través de su esfuerzo y su ubicación, llegan a un gran sitial.

Te refieres a las novela Contarlo todo, de Jeremías Gamboa.
Gamboa es el ejemplo. Ha recibido el apoyo de Vargas Llosa porque él defiende este sistema. Pero yo creo que si Vargas Llosa la hubiera leído con atención no hubiera dicho que es una buena novela. Se ha dejado ganar por lo mismo que siempre criticó en los izquierdistas que transformaban la literatura en un arma de combate.

¿Qué es la literatura para ti?
La literatura es un arte, y un arte es la consecución de la belleza. Como elementos para crear esa belleza la pintura utiliza el trazo, los colores. La literatura utiliza tres elementos: la imagen, la palabra y la estructura. Si en un texto llamado literario no hay un trabajo estético sobre uno de estos elementos puede tener cualquier nombre, pero no es literatura. En la Feria del Libro de Trujillo me tocó estar en una mesa redonda con un escritor mexicano y él dijo que toda la vida había sido periodista político, que había hecho reportajes sobre figuras políticas, pero se dio cuenta de que algunas cosas se le habían quedado y decidió escribir una novela en base a ellas. Entonces cuando me tocó hablar le dije que él no había escrito una novela, sino lo que le sobró de los reportajes con una estructura de novela. Yo le llamo a eso una novela bastarda.

Eres categórico con algunos temas. No negocias con lo que crees.
Una vez me preguntaron de qué trataba la novela que había publicado. Yo contesté que la literatura no “trata”, en cambio un libro de historia y de economía “trata”. Una obra de arte está hecha de tal manera que va a despertar en el lector una sensación de placer que le va a llevar a un mayor conocimiento de él y del mundo.

¿Ni en tus más duros momentos de marxista te ha jalado el realismo socialista, ese estilo soviético de escribir?
No, hay que verlo de esta manera: Marx tuvo el proyecto de escribir el segundo tomo de El Capital para hablar de la superestructura, específicamente sobre la cultura y el arte. Nunca lo escribió. El año 30, un grupo de marxistas alemanes, entre los que estaban Lukács y Goldmann, trata de estudiar la estética marxista. En El Capital, Marx dice que los momentos culminantes del arte se dieron en Grecia que era una sociedad esclavista. Ellos juntan todas sus referencias sobre el arte y en base a ellas estructuran lo que Marx pudo haber dicho sobre el tema en el libro que no escribió. Si bien es cierto que el arte pertenece a la superestructura, es una producción humana que trasciende la estructura. Por ejemplo, Vivaldi, Bach y Mozart compusieron misas que en ese momento tenían una funcionalidad social porque se ejecutaban en las iglesias, pero su talento estaba por encima de eso. Por eso es que esas misas ahora se ejecutan en auditorios. Otro ejemplo: Cuando Stalin propone una reforma profunda en el agro y dice que con ella se llegaría directamente al socialismo, Pablo Neruda se entusiasma y hace una oda. A los cinco años, Stalin reconoce que ese proyecto fue un fracaso. ¿En qué quedó la oda?

Antes se hablaba del arte como un instrumento de combate.
Siempre ha sido eso. Pero lo fundamental no es que sea un arma sino una gran realización estética que va a quedar.

Muchos escritores de izquierda cayeron en lo panfletario; algunos en lo simplón.
Hay en el Perú escritores que dicen que tienen una ideología de izquierda. Escriben una novela y se la entregan a las transnacionales que sacan un libro, lo ponen en librerías exclusivas a un costo que no baja de 60 soles. ¿Para quién está escribiendo ese escritor? ¿En qué quedó su izquierdismo? ¿Creen que un joven de Huaycán va a tener pasaje para ir a la librería y 60 soles para comprar esa novela? Todos tenemos una concepción ideológica que es la forma cómo vemos el mundo. Y ésta se refleja en el título del libro, en el tema, en cómo se estructura una frase. Yo procuro que mis libros se vendan a 10 o 15 soles, más no. No entro en contacto con ninguna editorial que quiera publicar mi libro a 60 soles porque fundamentalmente yo escribo para la gente del pueblo.

¿Hay una tendencia a que estas grandes editoriales estandaricen las formas y los temas?
Éstas quieren una literatura fácil de traducir, de personajes que llaman “universales”, cuando la universalidad está en uno mismo, en su propio pueblo. Alguien decía:“pinta tu aldea y estarás pintando el mundo”. Quieren novelas policiales o de terror con un lenguaje que todos comprendan, cuando nosotros tenemos un lenguaje rico.

Nada más alejado del arte social que Proust y En busca del tiempo perdido, tu libro preferido.
No crean. Hay fragmentos en la obra de Proust en los que se refiere a las conversaciones que tiene con la señora que lo atiende. Proust se detiene en las palabras de esta señora que es de una zona campesina de Francia, y tiene páginas extraordinarias sobre el valor de sus expresiones populares.

¿Pero no piensas que la visión de la literatura peruana y de los autores que la representan se ha ampliado?
El año pasado el Ministerio de Cultura seleccionó a los que irían a la Feria del Libro de Bogotá, que estuvo dedicada al Perú. Yo dije que una delegación que represente al Perú debió estar integrada por representantes de la literatura quechua, aymara, amazónica, afroperuana, china y japonesa.

Pero pudo ser peor. Se te incluyó a ti y a Julián Pérez.
Los dos nada más. A tal extremo que en Bogotá me preguntaban en qué país vivía porque llegaron delegados peruanos que vivían en Estados Unidos y en Europa. Y luego, parecía una feria organizada por las transnacionales del libro peruano: todos sus autores estaban allí. A mí me dieron 45 minutos para hablar sobre el cuerpo en una mesa redonda. En cambio, Alonso Cueto tuvo ocho presentaciones y Roncagliolo tuvo ocho presentaciones. La encargada de la feria fue la hija de Oquendo y la coordinadora fue la hija de Mirko Lauer. En grandes carteles estaban las fotos de Gabriela Wiener y Roncagliolo. Ellos no representan la literatura peruana. ¿Dónde estaban los grandes autores de provincias?

¿Nos podrías mencionar algunos?

En Arequipa hay un gran narrador que se llama Orlando Mazeyra. Pueden leer sus crónicas y cuentos en la revista de Hildebrandt. Tiene un libro que se llama Mi familia y otras desgracias. En Chimbote está uno de los más grandes escritores peruanos: Fernando Cueto, que ha escrito Ese camino existe.

Cueto es el mismo que fue policía.
Sí. Yo no soy crítico, simplemente soy lector, pero me parece que es la mejor novela que se ha escrito sobre los años de violencia en el Perú. Es la mejor por el lenguaje, por las imágenes. Ahora estoy leyendo una magnífica novela suya, El diluvio de Rosaura Albina, que tiene unas 600 páginas. En el prólogo se dice que es como el Canto de Sirenas del norte. A mí no me parece. La novela de Goyo Martínez es más un documento antropológico. Ésta no.

Como El zorro de arriba y el zorro de abajo de Arguedas.
La visión de Arguedas era de turista. Fernando Cueto escribió Lancha Varada, que habla de los burdeles de Chimbote y cómo éstos se van hacia la periferia conforme Chimbote va creciendo con la pesca. Aparecen personajes del submundo de la prostitución de Chimbote. Después, en Iquitos, Cayo Vásquez tiene una magnífica novela que se llama Hostal Amor. En Trujillo está Mauricio Málaga, que ha escrito una novela casi de aventura sobre la vida de los que están en las esquinas y hacen malabarismos. El diario de un chiquillo de 18 años que se va a viajar por Latinoamérica. No es el tema lo bueno, sino las imágenes que utiliza, cómo cuenta la historia.

¿Qué opinas de la obra de Diego Trelles?
La primera novela me gustó mucho: El círculo de los escritores asesinos. Bioy me parece muy enredada, quiso meter todo. Pero es un buen escritor, tiene pasta.

Tú has dicho que la polémica criollos-andinos es una tontería, pero definitivamente hay una marginación de los provincianos.
Hay un escritor que presentó una novela a una de estas editoriales. La novela la enviaron a España, desde donde recibe una carta en la que le dicen que estaban interesados en publicarla, pero que tenía que quitar muchos peruanismos y que debía darle otro perfil a los personajes. Él lo rechazó. Está claro que no las publican porque quieren novelas llanas, con lenguaje llano y que no cuestionen. Todo está armado. Juan Marsé, el escritor español, fue miembro del jurado de Planeta cuando se presentó Jaime Bayly, y él cuenta que antes del concurso Bayly lo invitó a tomar un trago. Mientras conversaban le dijo que Planeta le había asegurado que le darían el premio, pero que el problema era que todavía no había terminado de escribir su novela. Por ese motivo Marsé renunció a ser jurado. Está todo amañado.

¿Por qué si las transnacionales andan en busca de talentos, marginan a estos escritores que son buenos?
Porque no tienen las condiciones que ellos exigen.

¿Qué opinas del escritor “profesional” que escribe una novela por año?
Yo soy un escritor profesional, pero no soy un escritor ganapan. Éstos últimos son los que negocian con las editoriales para escribir una novela cada año. Yo soy creador.

Tuviste un silencio literario de 23 años.
No publiqué, pero sí escribí. Tengo escritas más de dos mil páginas en mi casa.

Y cada vez que publicas causas revuelo.
Este año se cumplen 50 años de la publicación de En octubre no hay milagros. En esa época empleé varios términos que los críticos llamaron “jerga del hampa”, pero cuando llegué de Arequipa a Lima, yo no me junté con hampones sino con jóvenes de los barrios pobres de Lima. De ahí saqué ese vocabulario. Hay una doctora lexicógrafa en San Marcos que se llama Luisa Portillo. Ella ha hecho un trabajo de investigación y ha señalado que por lo menos 15 o 20 términos de Los inocentes ya están en la Academia. A esos términos les ha dado el nombre de léxico popular peruano, no jerga del hampa.

Tú fuiste uno de los integrantes del legendario Grupo Narración.
No lo integré, lo fundé. El año 1954 egresé como profesor y al año empecé a enseñar en La Cantuta. En 1960 el Parlamento, dominado por los apristas, da una ley universitaria que la rebaja a un simple instituto dependiente del Ministerio de Educación. Entonces hubo una protesta comandada por Walter Peñaloza. Entonces eran profesores en Humanidades Washington Delgado, Javier Sologuren, Aníbal Quijano, Luis Jaime Cisneros, José María Arguedas, Alejandro Romualdo Valle, Juan Gonzalo Rose y Eleodoro Vargas Vicuña. Nos declaramos en rebeldía y tomamos La Cantuta. El gobierno dio una resolución por la que nos cesaba. A mí me contrataron en Venezuela y en ese país redacté un manifiesto. Después de dos años llegué a Lima y en el Palermo convoqué a algunos amigos para que lo leyeran. Estuvieron de acuerdo. Les propuse formar el grupo y sacar una revista. Publicamos tres números.

¿Y cómo pudo haber tenido tanto impacto un grupo que solo duró cuatro o cinco años?
Creo que porque nos planteamos la gran pregunta de cómo un grupo de escritores de clase media provinciana podíamos escribir en un país en el que había 50% de analfabetos. Yo propuse hacer lo que hizo Mariátegui: tener una línea ideológica pero abrir las páginas a todos los que quisieran escribir. Contacté a jóvenes escritores y muchos de ellos publicaron por primera vez en la revista. Por ejemplo, Hildebrando Pérez, Juan Morillo, Eduardo Gonzáles Viaña, Gregorio Martínez, Augusto Higa. José Watanabe publicó su primer cuento que se llamaba Trapiche. Nos reuníamos en el Palermo y en la casa de Vilma Aguilar, la esposa de Miguel Gutiérrez. El núcleo duro éramos nosotros tres.

Tu relación con Miguel Gutiérrez era estrecha. ¿Qué los alejó?
No sé. Él se alejó. En realidad, yo tenía más amistad con Vilma. Yo la vi a ella en China y me volví a encontrar con ella antes de que la tomaran presa. Era una excelente persona, cantaba muy bien y tenía un espíritu de dirigente.

¿Qué hacía ella en Narración?
Nos ponía en regla. Era la administradora.

¿Tuvieron comunicación con Hora Zero, el grupo emblemático de los 70, que también recoge las expresiones de la calle?
Sí tuvimos, pero tuve una discrepancia con ellos porque en un manifiesto sostuvieron que querían tomar la Casa de la Cultura. Nuestra posición no era esa. Todo Estado tiene una política cultural que se manifiesta a través de sus organismos oficiales y nosotros no queríamos tener nada que ver con ella.

¿Cómo ha sido tu relación con Vargas Llosa a lo largo del tiempo?
Siempre he tenido una buena relación con él. En el año 1976 yo era vicerrector de La Cantuta y ese año los militares tomaron la universidad, así que acepté una propuesta de la embajada china y me fui a trabajar como profesor y corrector allá. Después de dos años regresé de vacaciones y encontré que se estaba preparando una gran huelga contra Morales Bermúdez y uno de los pedidos era que se reabra La Cantuta. Yo no me involucré porque estaba con mi familia, pero una noche estaba en El Palermo y me tomaron preso. Me llevaron al último piso de la prefectura a una celda grande donde había una concentración de dirigentes. Mi hermana estaba preocupada. Se enteró por el periódico de que Vargas Llosa estaba en Lima como representante del Pen Club mundial. Él le contestó y le dijo: “Yo me voy a interesar de inmediato porque Oswaldo es un buen escritor y es mi amigo”, le dijo. Entonces llamó al ministro del interior, Richter Prada y me liberaron.

Vargas Llosa fue uno de los pocos que te defendieron cuando salen tus primeros libros y los calificaron de obscenos, pornográficos y que deberían terminar en la basura.
Me defendieron Washington Delgado, Sologuren, Arguedas, Salazar Bondy, Baquerizo y Vargas Llosa. Pasados los años me encontré con él y le agradecí. También lo llamé después de mi detención y me dijo que él me tenía consideración porque yo era un escritor marxista que me había ido a trabajar a un país socialista, y no como otros que se iban a trabajar a los países imperialistas.

¿Te sorprendió la reacción de la crítica frente a Los inocentes?
Desde los quince años he escrito lo que siento y veo. Tuve una buena formación en primaria, aunque me malograron el espíritu con la religión. En mi casa tenía una magnífica biblioteca. Mi padre era un buen lector. Escribí Los inocentes y para mí fue una gran sorpresa la reacción que se produjo en Lima. No me explicaba por qué. Atacaron mis libros por el lenguaje que utilicé, porque hablaban de sexo y porque no entendían si Los inocentes eran cuentos o una novela. “¿Qué mierda has hecho?, me decían, porque estaban acostumbrados a que el cuento tuviera cierta estructura, y eso es lo que hacen ahora en los talleres.

¿Qué te conduce a la ruptura de ciertas reglas y a la experimentación con el lenguaje?
Encontré la clave en El origen de la tragedia de Nietzsche. Él habla del dios Dionisio que encarna la orgía, el desenfreno. Este dios llegó a Grecia donde estaba Apolo, que es el orden, la quietud. Los griegos quisieron encadenar a Dionisio. Por eso es que Aristóteles escribe La retórica y La república para poner orden y reglas. Todo el arte ha sido la lucha de Apolo contra Dionisio. Nietzsche habla de una anarquía estética, de la destrucción de las formas. Yo le agrego a eso una orgía de sensaciones.

¿Fuiste y todavía eres un rebelde?
Mi actitud se explica porque mis padres nacieron en Tacna, bajo la dominación chilena, y después de una serie de peripecias se encontraron en Arequipa. Tenían costumbres chilenas y un grupo de arequipeños les empezaron a llamar “los chilenos”. En la rebelión del año 1955 mi casa fue invadida por las fuerzas del orden, y a mi padre lo tomaron preso acusándolo de espía chileno. Eso lo afectó mucho y antes de morir me agarró la mano y me dijo: “Oswaldito, recuerda que yo me muero sin patria”. Eso me ha conmovido toda la vida.

Nunca has sido militante.
Nunca. El ser militante de un partido político implica someterse a una línea con la que a veces no coincides. En un partido de izquierda auténtico se necesita que sus militantes sean muy disciplinados, muy responsables. Y eso no va conmigo.

Dentro del grupo Narración has tenido contacto con gente que ha participado en el periodo de la violencia política.
Yo no hablo de violencia. Nos hemos olvidado que vivimos en un país en el que siempre ha habido enfrentamientos armados. Desde el Imperio incaico y de allí en adelante se suceden las rebeliones, las luchas por la Independencia, la guerra con Chile, las montoneras, y el siglo XX que está lleno de levantamientos. Me da asco cuando escucho que el peruano es pacífico.

¿Cuál fue el error de Sendero Luminoso? ¿Ganarse el rechazo de los campesinos y finalmente terminar siendo expulsados de las zonas rurales?
No, no es así. Yo estaba acá en el Perú, con Juan José Vega, el historiador, en el momento en el que apareció la noticia de que Sendero había iniciado la lucha armada. Y recuerdo que él me dijo: “Han levantado la tapa de una marmita en plena ebullición”. Desde el Virreinato ha habido luchas entre las comunidades por linderos; nunca se resolvió ese problema. Todavía no se tiene una idea clara de lo que ha pasado. Es muy complicado. Lo otro: no por ser campesino se es bueno. No es que justifique. Pero la impresión de que el pobre es bueno y el rico es malo no es cierta. Unos se aliaron a los militares y otros a Sendero. La guerra de la Independencia ha sido una guerra entre campesinos. Esa ha sido la historia del Perú.

Casi todos los que te entrevistan te preguntan cuál es tu impresión sobre Abimael Guzmán, al que conociste desde tu juventud en Arequipa. Lo de Reynoso es pura coincidencia, ¿no?
Sí, él es hijo de Berenice Reynoso, de Sicuani. Yo ya vivía en Lima, era profesor en La Cantuta e iba de vacaciones a Arequipa. Allí había un grupo que sacaba una magnífica revista que se llamaba Hombre y mundo. Yo me juntaba con ellos. Él escribía ahí. Abimael era muy amigo de mi hermano. Después lo encontré enla universidad de Huamanga.

¿Cómo lo recuerdas?
Como un joven muy inteligente. Despertaba la atención de la gente por su forma de hablar, por sus análisis. Era un gran lector. Yo hablaba con él de Proust, de Joyce y de música clásica. Una vez en un reportaje dije que era humanista y Faverón me armó un escándalo. Una cosa es ser humanista y otra humanitario.

Estabas escribiendo una novela Huamanga, Huamanga.

¡No la armo, no la armo!

Llegaste a China un año después de la muerte de Mao TseTung. En Los eunucos inmortales tienes una visión diferente de la que se nos ha vendido sobre Tiananmeng, como si los jóvenes chinos hubieran querido el liberalismo, el libre mercado.
No, ellos querían un verdadero socialismo porque el Partido Comunista se había convertido en uno de viejos corruptos. Los dirigentes se hicieron ricos. Al inicio de la revolución china MaoTseTung planteó llegar directamente al socialismo, y LiuShaoqi sostiene que hay la necesidad de una etapa capitalista previa. Hubo una lucha fuerte y gana Mao. Después cuando DengXiaoping toma las riendas introduce una serie de reformas capitalistas, pero mantiene el partido.

¿Qué lectura tienes de la revolución cultural?
Buena y mala.

¿Qué es lo bueno?
Logró solucionar el problema del hambre, de la educación y de la vivienda. La Revolución Cultural enfatiza en el autosostenimiento de las aldeas y comunas campesinas en las que cada chino tiene su chancho, su taller de costura en el que se hacen su ropa, así que no les falta lo básico.

¿Y encontraste la felicidad en China como creías?
Es difícil encontrar la felicidad.

¿Qué has encontrado en tu vida a los casi ochenta y cuatro años?
Cierta paz y una gran alegría porque sé que lo que escribo tiene actualidad y la gente sigue leyéndome.

¿Propuestas como la de la unión civil ayudan a desterrar los prejuicios?
El debate se ha centrado en eso, pero de lo que se trata es de luchar contra la homofobia. Cuando me invitan a dar charlas lo primero que hago es sacar dos billetes: uno de 20 con el rostro de Porras Barrenechea y otro de 50 con el rostro de Abraham Valdelomar. Estos dos señores son los más ilustres homosexuales del Perú. Entonces yo les digo: “. A todos los homofóbicos yo les aconsejo que cuando reciban estos billetes los rompan”. Somos tan hipócritas.

En el país falta recorrer un largo camino. Es una vergüenza frente a otros países de Latinoamérica.
Cuando un joven de 16 o 17 años descubre que es homosexual , y recibe el asedio de sus padres y de la gente del colegio, se siente absolutamente desamparado y triste. Por ese motivo hay gran cantidad de jóvenes que se han suicidado. En el Perú les ponen rejas sociales y los aíslan.

El marxismo clásico tiene que hacerse una autocrítica en ese punto.

Yo diría que no es el marxismo sino su aplicación en algunos lugares. En Cuba ya lo han reconocido. Antes los mandaban presos. Pero sucede que la hija de Raúl Castro es lesbiana y ella está a cargo del movimiento de liberación. Yo he estado allí hace tres meses, y de casualidad entré a la discoteca del hotel donde estaba alojado y era de ambiente. En China metían a los homosexuales en barcos y los fondeaban.

¿En tu caso personal?
A mí siempre me han respetado. Yo me he hecho respetar.

FUENTE: REVISTA ID

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