Dom 01 Feb 2015 02:46

La pasión Piketty por Luis Casado

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La pasión Piketty

Escribe: Luis Casado

En una entrevista publicada el 15 de enero, el periodista mapuche Pedro Cayuqueo cita al primer Rector de la Universidad de Chile: “Ya lo decía Andrés Bello a poco de arribar a Chile: ‘En este país no se lee’”. Cayuqueo agrega: “Desolador panorama que no ha cambiado mucho”.

Hace algunos días un columnista subrayó ese hecho, hablando precisamente de Thomas Piketty, economista que es el objeto de una curiosa y repentina pasión chilensis.

En el curso de la campaña presidencial del 2009 participé en un debate en la Universidad de Los Andes. El tema propuesto fue el de la eventual necesidad de una reforma tributaria, sus alcances y características.

Mis dos contradictores eran –declaradamente– economistas, y representaban respectivamente las candidaturas de Frei y Piñera. Uno de ellos subrayó su calidad de Doctor en Economía de la Universidad de Columbia. Piñera le nombró luego en un alto cargo durante su presidencia. Ambos negaron con mucha convicción que fuese necesario modificar el régimen impositivo que era responsable del imparable crecimiento del país.

En mi intervención –en la que argumenté la necesidad de una profunda reforma tributaria– mencioné los trabajos de Thomas Piketty, más precisamente su obra “Les Hauts Revenus en France au XXe Siècle” cuya primera edición data del año 2001. Sorpresa. Los dos panelistas mencionados ignoraban hasta su existencia, aun cuando ese voluminoso trabajo gozaba ya de un reconocimiento planetario.

En realidad lo que me interesaba comentar era la conclusión de Piketty relativa a la curva de Kuznets, autor que intentó demostrar que la distribución de la riqueza es un producto natural del libre mercado.

Piketty afirma que el examen de todos los datos disponibles desmiente que se haya producido jamás, en ningún país, el fenómeno que el economista americano de origen ruso –premio Nobel de economía para más señas– describió gracias a la curva que lleva su nombre. Nueva sorpresa: mis contradictores nunca habían oído hablar de Simon Kuznets y aun menos de su curva en forma de “U” invertida que supone representar la distribución de la riqueza de un país a lo largo de un periodo más o menos prolongado de crecimiento: significativa concentración de la riqueza al principio, y una amplia distribución más tarde.

Tal parece que Pedro Cayuqueo, y sobre todo Andrés Bello, llevan razón. En este país no se lee.

Si el personal leyese, puede que la pasión Piketty perdiese de su intensidad en algunos sectores, y ganase fuerza en otros, no necesariamente los imaginables a priori.

Por ejemplo, Bachelet y los ministros que le hicieron risitas a Piketty en Santiago: si hubiesen leído su libro “Por una revolución fiscal” (enero 2011), hubiesen comprendido que entre lo que preconiza Piketty y la reformita que salió de la cocina de Andrés Zaldívar… media la distancia que hay entre Tocopilla y Alice Spring. Las sonrisitas se hubiesen congelado, los zigomáticos hubiesen perdido el entusiasmo.

Del mismo modo, el mohín como de oler mierda que exhibieron algunos eminentes miembros de la comunidad empresarial al oír el nombre de Piketty, pudiese transformarse en sonrisa si leyesen –y comprendiesen– algunas de las tesis del economista francés.

El estudio de series estadísticas extremadamente elaboradas, que cubren periodos significativos de un par de siglos, le permiten afirmar que la distribución del valor añadido entre el capital y el trabajo se ha mantenido persistentemente constante en el tiempo y en el espacio: un grupo de países desarrollados cuya legislación laboral y régimen impositivo difieren ampliamente.

Esa distribución, grosso modo dos tercios para el trabajo, y un tercio para el capital, no se modificó a pesar de que los economistas del siglo XIX hacían de la confrontación capital/trabajo el elemento central de la disputa por la riqueza creada. Y a pesar del desarrollo del sindicalismo y las luchas obreras.

De ahí a concluir que la lucha de clases, los movimientos sociales y el sindicalismo son perfectamente inútiles no hay sino un paso. Algo de eso hay en la prosa de Piketty, cuyas soluciones para reducir las desigualdades son eminentemente técnicas, son el producto de la cogitación de los expertos –él entre otros– y deben ser puestas en obra por la estructura política existente.

Se trata pues, de un análisis y de las consiguientes propuestas elaborados desde el sistema, en el sistema, con el sistema. Ya ves que hay razones de más para alegrarle el día a la CPC y a Libertad y Desarrollo.

Y no me digas que aquí estoy resumiendo un puñao: ya lo sé. Pero aquí no tengo el espacio para desarrollar las elucubraciones de Piketty sobre la elasticidad aplicada a la noción de la sustitución capital/trabajo, ni sus voladas sobre las teorías marginalistas que, en el largo plazo, muestran que la reducción del costo de la mano de obra termina por aumentar la parte del trabajo en la distribución de la riqueza creada.

John Maynard Keynes decía que en el largo plazo estaremos todos muertos, lo que dicho en otras palabras significa que al currante que tiene que pagar la escuela de sus hijos, la salud de sus padres, las mensualidades de la casa, y hasta los consumos más elementales a crédito… el largo plazo le importa un soberano cuesco.

Es un horror que la masa de asalariados no pueda conformarse con soluciones cuyos resultados se verán –sí, sí, visto que lo dicen los economistas– dentro de medio siglo o un poquillo más.

En fin, todo esto para decirte que merece la pena leer a Piketty.

Pero hoy, en el hospital en que acompaño a mi hija –día y noche turnándome con su madre– la penosa prosa de los economistas, y peor aún, sus intragables construcciones conceptuales que sirven sobre todo para esconder su ausencia de ideas, me salía por las narices.

Así es que pasé un momento extremadamente agradable leyendo a Voltaire. Sus novelas Cándido y El Ingenuo. Su lectura no sólo me levantó el ánimo, me hizo reír y me enseñó muchas cosas, sino que me hizo comprender el genio del hombre que descansa hoy en el Panteón, el templo de la República.

Monsieur Arouet… Mon chapeux bas… très bas…

La pasión Piketty II

Superado el episodio nauseoso, uno puede –no digo que deba– seguir leyendo a los economistas.

En mi caso con alguna fruición, visto que Piketty –ya puesto– nos entrega en la 7ª edición de su “La economía de las desigualdades” (2015) algunos elementos que permiten medir la profundidad de su pensamiento, y por consiguiente hacer la crítica, adoptarlo como suyo propio, registrarlo en el cuaderno de curiosidades, o bien descartarlo por inútil.

Pero, insisto, tienes que leerlo.

Digo pues que no me pareció pertinente detenerme en tan buen camino, y como Piketty da tema, heme aquí pues compartiendo algunas reflexiones que pudiesen ser útiles. Prosigamos.

Piketty opone lo que él llama las posiciones de “derecha” y de “izquierda”, aprovechando el impulso para definir estos términos tan poco claros en la hora actual.

Para Piketty, según la derecha “sólo las fuerzas del mercado, la iniciativa individual y el crecimiento de la productividad permiten –en el largo plazo– mejorar los ingresos y las condiciones de vida, en particular la de los más desfavorecidos”. Por consiguiente, no tiene sentido que la acción pública, el Estado, lance vastos programas tendientes a reducir las desigualdades.

La “izquierda” por el contrario, “heredera de los teóricos socialistas del siglo XIX y de la práctica sindical, nos dice que sólo las luchas sociales y políticas pueden permitir aliviar la miseria de los más pobres producida por el sistema capitalista”.

Consecuentemente, “la acción pública de redistribución debe penetrar en el corazón del proceso de producción para cuestionar el modo en que las fuerzas del mercado determinan el lucro apropiado por los detentores de los capitales, así como las desigualdades entre los asalariados” (el subrayado es mío. Ya verás porqué).

Piketty destaca que este desacuerdo sobre la oportunidad y la forma de una acción pública no provienen de “principios contradictorios de justicia social, sino más bien de análisis contradictorios de los mecanismos económicos y sociales que producen las desigualdades”. Técnica pura.

Izquierda y derecha, según Piketty, comparten los mismos principios de justicia social. Sus diferencias no tienen nada que ver con visiones filosóficas o ideológicas diametralmente opuestas. Derecha e izquierda, siempre según Piketty, disienten sólo cuando se trata de saber qué diablos produce las desigualdades.

Tema no menor, visto que identificando las causas de las desigualdades… podría ser posible definir la forma de moderarlas, de hacerlas más soportables, y de paso lograr más eficacia en el funcionamiento de la economía de mercado. La eficacia, la eficiencia, nociones eminentes en boca de todos los economistas, regresan una y otra vez en la pluma de Piketty, sin que sea posible establecer claramente lo que significan, ni en provecho de qué o de quién es deseable alcanzarlas.

A menos que, como un economista cualquiera, estimemos que producir el máximo de cualquier vaina sea una clara y evidente manifestación de eficacia. La política de la oferta… ¿te dice algo?

Piketty nos dice que “si la desigualdad se debe, al menos en parte, a factores que los individuos no controlan, como la desigualdad de las dotaciones iniciales (sic) transmitidas por la familia o por la buena fortuna (?), de lo cual los individuos concernidos no son responsables (resic), entonces es justo que el Estado busque mejorar del modo más eficaz posible la suerte de las personas más desfavorecidas, o sea aquellas que debieron enfrentar los factores no controlables más desfavorables”.

Tú lo ves como te de la gana, pero a mí me parece un ejemplo deslumbrante de prosa llena de calamitosos eufemismos, de pobres metáforas y de inútiles circunloquios.

De una parte, qué culpa tienen los hijos de los ricos de nacer en cuna de privilegiados, factor que los pobres ricos no controlan. De otra parte, qué culpa tienen los hijos de los miserables de nacer en cuna miserable, factor que los pobres pobres tampoco controlan.

Justamente, hace un par de días, la sección Economía del diario madrileño El País –que posa de progresista– publicó una nota cuyo título ya lo dice todo:

“El 1% más rico tendrá más que el resto de la población en 2016, según Oxfam”

Como puede verse, asumiendo que lo que Oxfam afirma en su informe destinado al Foro Económico Mundial de Davos (21-24 de enero de 2015) corresponde a la realidad, “las dotaciones iniciales transmitidas por las familias” de ese 1%, “de lo cual los individuos concernidos no son responsables” visto que se trata de “factores que los individuos no controlan”, podrían ser, “al menos en parte” causa de las desigualdades.

Una causa natural en su sentido etimológico: algo producido por la naturaleza y no por el ser humano. Las cuentas no cuadran. Y servidor no puede menos que preguntarse, pensando en la distribución del capital en el siglo XXI… la transmisión de dotaciones iniciales tan desiguales… ¿es la causa o es el efecto?

Y si es el efecto… ¿el efecto de qué? Buena pregunta. De nada. A pesar de sus piruetas de economista, Piketty también se interroga al respecto y con razón. Es precisamente en esa búsqueda, y en las respuestas que propone Piketty, que encontramos algunas razones de inquietarnos.

No sólo porque, como dice Oxfam, "Si no se toman medidas para detener el vertiginoso incremento de la desigualdad, el 1% más rico tendrá en 2016 más del 50% de toda la riqueza del planeta, más que el 99% de la población", acumulación que no sólo es injusta, sino, según Piketty y su jerga de economista, “ineficaz”.

Lo cierto es que por diferentes razones que abordaremos más adelante, la concentración de la riqueza en pocas manos continua alegremente: “El 20% de los milmillonarios tiene intereses en los sectores financiero y de seguros, y el valor de su fortuna aumentó un 11% en los doce meses anteriores a marzo de 2014 (Oxfam).

Mala cosa para gente como Piketty, que pretende que cada ser humano debe disponer de una dotación adecuada de capital, para convertirse en capitalista y de ese modo reducir las terribles e insoportables desigualdades que este engendra. Puros capitalistas sobre la superficie del globo terráqueo, si cada cual tiene éxito con su capitalito… ya no habrá currantes.

El pasaje citado más arriba, el de las dotaciones iniciales transmitidas por las familias, extraído de la séptima edición de “La economía de las desigualdades” (2015), desemboca en la teoría del “maximin”, principio introducido entre otros por John Rawls, un menda del cual ya he tenido la ocasión de contar un par de hazañas.

En el marco de esta nota baste con decir que Rawls, quién afirma la imposibilidad de la igualdad, sugiere sustituirla por otra noción de su propia cosecha: la “equidad”. Al punto que un destacado neoliberal francés, que tuvo la ocasión de conocer al maestro en los EEUU, regresó a París proponiendo muy oficialmente cambiar la clásica divisa “Libertad Igualdad Fraternidad” por la más moderna “Libertad Equidad Fraternidad”. No. No estoy bromeando.

En Chile, un tal Ricardo Lagos se hizo elegir presidente de la (no oso decir) república, con el lema “Crecimiento con equidad”. Como cualquier hijo de vecino, estimado lector, ya conoces los resultados.

Ya ves que merece la pena leer a Piketty. Hay pinturas que se descascaran solas. Otras exigen que uno se tome el trabajo de raspar un poco.

Piketty, en un impulso de generosidad que conmueve, plantea que “Sólo el minucioso análisis de los mecanismos socio-económicos que producen la desigualdad podría permitir acordarle su parte de verdad a estas dos visiones extremas de la redistribución (las de la “derecha” y de la “izquierda”), y así tal vez contribuir a la puesta en obra de una redistribución más justa y más eficaz”.

Vasto programa, como decía Mon Général, la de querer hacer una síntesis de dos visiones “extremas”, cada una de las cuales tiene –debe tener– su parte de verdad. Yo estaba en el Liceo Neandro Schilling de San Fernando cuando uno de mis profesores avanzó la hipótesis de tal síntesis, y ese recuerdo, habida cuenta de lo que he visto a lo largo de más de medio siglo en los cinco continentes, me hace pensar en un personaje de Voltaire: el filósofo Pangloss en “Cándido”.

Abandonando –provisoriamente– el análisis de las causas de las desigualdades, Piketty destaca la oposición entre diferentes tipos de redistribución y entre los diferentes instrumentos de la redistribución.

“En la lengua de los economistas –dice Piketty– esta oposición (entre tipos de redistribución) corresponde a la distinción entre la redistribución pura y la redistribución eficaz”. Y precisa: “La primera, es adecuada a las situaciones en que el equilibrio de mercado es, ciertamente, eficaz en el sentido de Pareto, es decir dónde es imposible reorganizar la producción y la asignación de recursos de manera a que todo el mundo gane, pero donde consideraciones de pura justicia social exigen una redistribución desde los individuos mejor dotados hacia los que lo son menos”.

Como tuve la ocasión de comentarlo en mi libro “El modelo neoliberal y los 40 ladrones”, la eficacia de Pareto, o un “óptimo de Pareto”, puede ser un equilibrio de mercado (admitiendo que eso exista) en el que un privilegiado posee todo y los demás no tienen nada. En ese caso, “es imposible reorganizar la producción y la asignación de recursos de manera a que todo el mundo gane”.

Las nociones, los conceptos y la jerga de los economistas merecen un poquillo de atención. Ya ves que la observación que hago más arriba a propósito de “la eficacia y la eficiencia” era pertinente. Cuando un economista habla de eficiencia… tienes que abrir los ojos, aguzar el oído, y palparte los bolsillos.

En fin, según Piketty, y los economistas, esta redistribución particularmente adecuada a las situaciones en que el equilibrio de mercado (admitiendo que eso exista) es “eficaz”, es lo que Piketty, y con él los economistas, llaman la redistribución pura.

Para un currante normal, para ti o para mí, si hay equilibrio y eficacia… ¿qué sentido tiene modificar nada? Misterio. O manipulación conceptual. Pasa que si el mercado está en equilibrio (el santo Graal de los economistas) y para más inri es eficaz en el sentido de Pareto (un numerito el tal Pareto…), puede haber, hay, una insoportable desigualdad y ninguna justicia social. ¡Viva el libre mercado!

El segundo tipo de redistribución –es Piketty el que escribe– “corresponde a las situaciones en las que las imperfecciones del mercado implican la existencia de intervenciones directas en el proceso de producción permitiendo a la vez mejorar la eficacia de Pareto y la asignación de recursos y la equidad de su distribución”.

Este tipo de redistribución, apodada “redistribución eficaz” (lo que nos autoriza a interrogarnos sobre la existencia de redistribuciones ineficaces… y según Piketty las hay), “corresponde a situaciones en las que las imperfecciones del mercado…”

¡Alto ahí! O bien tú conoces lo que es un mercado perfecto, o bien te están pasando un gol de media cancha. Por definición, se trata de un mercado sin imperfecciones, y entre las peores imperfecciones de los mercados están las intervenciones externas, las regulaciones, la legislación laboral y/o comercial, los Sernac y las Superintendencias por inútiles que sean, los sindicatos, etc.

En otras palabras un mercado perfecto es un mercado librado a sí mismo, un mercado auto-regulado.

Para abreviar te diré que las condiciones que definen un mercado perfecto, establecidas por algunos economistas –Frank Knight, Lionel McKenzie, Kenneth Arrow, Gérard Debreu y otros tigres– son tales que el mercado perfecto simplemente no existe, nunca existió, ni existirá jamás. ¿Capici?

 

Tal mercado, inexistente, asegura la competencia pura y perfecta, noción que corresponde a la teoría de formación de precios elaborada en el siglo XIX por los llamados economistas clásicos. Se supone que la competencia pura y perfecta permite el equilibrio en todos los mercados bajo condiciones suficientes muy particulares. Helas aquí:

Competencia pura 

Para que haya competencia pura, en plan virgen no mancillada, se requiere:

1. La atomicidad de los agentes económicos 

La cantidad de compradores y vendedores debe ser muy grande. Esto significa que el peso relativo de cada agente en la oferta o la demanda es despreciable frente a la oferta global o la demanda global. Ningún agente puede imponer los precios. Si no me crees, pregúntale a Bill Gates, a los herederos de Steve Job, a los clientes de SQM que –ante la inexistencia de cotizaciones de mercado– fija los precios mundiales del yodo como le sale de las narices, o bien a mis vecinos de Algarrobo que, como yo, pagan la electricidad y el agua a precio de estafa. Pregúntate quién y cómo fija las tarifas del Transantiago, en fin, saca la cabeza por la ventana y ya verás que los monopolios y los abusos no existen…

2. La homogeneidad de los productos 

En la industria, todas las empresas ofrecen productos que los compradores juzgan idénticos, homogéneos y sustituibles. Los bienes propuestos son semejantes en calidad y en características y por consiguiente intercambiables. Los productos de otra calidad, superior o inferior, constituyen “otro mercado”. Así, Made in China o Made by Germany… es lo que mis amigos árabes llaman kif-kif: la misma cosa. Mejor aún… se supone que los potenciales compradores conocen perfectamente todas las características del producto que eligen. Si Transantiago eligió a SONDA, según la teoría que te cuento, fue en perfecto conocimiento de causa. En ese caso, ¿quién es el idiota?

3. La libre entrada y salida del mercado 

Quienquiera desee dedicarse a tal o cual producción puede hacerlo sin restricción ni plazo. Las empresas existentes no pueden oponerse a la llegada de nuevos competidores. Cuando logres controlar tu crisis zigomática, intenta entrar en los mercados protegidos de la media docena de familias que poseen Chile y luego me cuentas.

En fin, ya ves que la competencia pura es un cuento. Y eso que no te aburro agregando las otras condiciones como la transitividad y/o la convexidad de las preferencias, o bien sus condiciones de simetría.

Competencia perfecta

Pero no puedo evitar contarte que la competencia no sólo debe ser “pura”. También debe ser “perfecta”. Y para serlo, hay otra serie de condiciones. Helas aquí:

Libre circulación de los factores de producción 

O sea del capital y el trabajo. En Chile –y en el mundo– hace ya tiempo que el capital se pasea, entra y sale, como Pedro por su casa. Otra cosa es el trabajo. La condición estipula que los factores de producción sean perfectamente móviles y puedan desplazarse de una industria a otra. La mano de obra y los capitales se dirigen, espontáneamente, hacia los mercados en donde la demanda es superior a la oferta. No hay ni plazo ni costo para su reconversión. De este modo, cuando cierras Lota, los mineros del carbón pueden transformarse en peluqueros esa misma noche. O irse a trabajar a la Cochinchina si allá la demanda supera a la oferta de mano de obra. Ya ves… está chupao.

Transparencia de la información 

Todos los agentes activos en el mercado tienen un conocimiento completo de todos los factores significativos del mercado. La información “perfecta” de todos y cada uno de los agentes sobre los otros agentes y sobre todas las mercancías, supone una información gratuita e inmediata. ¿Qué tal?

En esas condiciones es imposible comprar un uniforme para el niño en un sitio en el que cuesta hasta 1.300% más caro que en otro. El Sernac sale sobrando. Mejor aún, este tipo de competencia perfecta elimina la confrontación entre compradores y vendedores, las negociaciones, los “en cuanto me lo deja”, y “si llevo diez ¿baja el precio?”. Todo eso sale sobrando: en competencia perfecta el proceso de fijación de precios es altamente centralizado, como con el Gossplan (para quienes saben lo que era el Gossplan), y una suerte de martillero público (virtual) centraliza la oferta y la demanda y te cuenta en cuanto vendes y/o en cuanto compras. Y cuanto.

Hasta aquí la alforza a la que me obliga el texto de Piketty. Para que te quede claro que hablar de “mercado perfecto” o de libre competencia sin trabas ni trampitas, es una mula.

Como decía más arriba, la redistribución eficaz “corresponde a las situaciones en las que las imperfecciones del mercado implican la existencia de intervenciones directas en el proceso de producción permitiendo a la vez mejorar la eficacia de Pareto y la asignación de recursos y la equidad de su distribución”.

Ya vimos que el mercado perfecto no existe. Piketty nos dice que sus imperceptibles imperfecciones implican (contienen, llevan en sí…) la existencia de intervenciones directas en el proceso de producción (¿mercado imperfecto porque intervenido…?) que permiten al mismo tiempo mejorar la eficacia de Pareto (¡que ya es un óptimo!), la asignación de recursos (que normalmente sólo el mercado es capaz de asignar adecuadamente) y la equidad de su redistribución.

Milagro. Este sí que es un milagro. No es mejor que bien, ni mejor que mejor, la “redistribución eficaz” es mejor que LO mejor. Ya te conté lo de Pangloss, el filósofo inventado por Voltaire, que como los políticos chilenos pretendía que estamos en el mejor de los sistemas posibles, en el mejor mundo posible.

Lo que nos lleva, directamente, al meollo del asunto: la cuestión de la desigualdad capital/trabajo, desigualdad fundamental dice Piketty, que marcó el análisis de la cuestión social desde el siglo XIX.

¿Qué tan fundamental?

La pregunta se justifica porque Piketty aborda en el capítulo II de la obra que comento (L’économie des inégalités) “la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo, que se ha transformado tal vez en la cuestión central de la desigualdad contemporánea, a menos que no lo haya sido siempre” (sic).

Y he aquí una novedad que merece la pena explorar. En una de esas los economistas clásicos, y con ellos Karl Marx y Friedrich Engels, se equivocaban, y las desigualdades no provienen de la distribución del producto entre el capital y el trabajo, sino de la distribución de los salarios en el seno de la masa de asalariados.

Adiós la lucha de clases… Bienvenida la lucha en la clase. La cosa promete…

Pero eso será el tema del tercer episodio de “La pasión Piketty”. Paciencia.

La pasión Piketty III

Como para servidor lo prometido es deuda, heme aquí cumpliendo con el compromiso de concluir el análisis de las tesis de Thomas Piketty, el economista de moda que ha provocado entusiasmos, risitas nerviosas y más de un agudo chillido de admiración.

Vamos allí, de un paso ligero y decidido. El tercer capítulo de su “La economía de las desigualdades”, explica cómo y porqué la causa mayor de las desigualdades no se encuentra en la injusta distribución de la riqueza creada –el valor añadido– entre el capital y el trabajo, sino en la desigual distribución de los salarios entre los asalariados, así como lo lees, yo no le pongo ni le quito.

Piketty le dedica sesudas reflexiones a “la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo, que se ha transformado tal vez en la cuestión central de la desigualdad contemporánea, a menos que no lo haya sido siempre”.

Como el mismo escribe:

“… la parte más importante de las desigualdades de ingreso se explica hoy en día, y sin duda desde hace mucho tiempo, por las desigualdades de los ingresos del trabajo”.

No es por incordiar, pero todos los datos disponibles, incluyendo desde luego los que proporciona Piketty, muestran que la inimaginable concentración de la riqueza a la que asistimos en la primera década del siglo XXI no es operada por asalariados privilegiados, sino por los detentores del capital, y en particular del capital financiero.

En “Un método infalible para la laboriosidad”, texto que escribí hace algún tiempo, y que fue publicado por la Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, señalé lo siguiente:

_En marzo de 2011, Kathleen Madigan escribía en el blog que mantiene en el Wall Street Journal: _

_“Después de alzarse como el ave Fénix, la industria financiera obtiene alrededor de 30% de la masa global de beneficios industriales. Esta es una cifra sorprendente, habida cuenta que el sector cuenta por menos del 10% del valor agregado en la economía”. _

_Si Kathleen Madigan habla de “ave Fénix”, es porque el sector financiero había sufrido una caída estrepitosa con las crisis que se sucedieron de manera ininterrumpida de 2001 en adelante, y hasta septiembre de 2008 (la caída). _

Si en diciembre de 1947 el sector financiero obtenía el 8% del total de beneficios corporativos, en diciembre de 2001 había alcanzado una parte inimaginablemente alta: ¡un 45,80%! (James Bianco. The Big Picture. Macro Perspective on the Capital Markets, Economy, Technology & Digital Media. March 29, 2011).

En la citada nota James Bianco afirma que:

“El gran conductor de la curva de rentabilidad es la manipulación por parte del gobierno (estadounidense) de las políticas monetarias de la Reserva Federal.”

¿Hay que sorprenderse si un conocido consultor financiero de New York – Shah Gilani – les trata de “rufianes” y de “sinvergüenzas?” (Shah Gilani. “Central banks are the problem”. Capital Waves Strategist, Money Morning. July 10, 2012).

¿En qué sostiene Piketty sus afirmaciones? En los datos que analiza, y que muestran que, en periodos significativos, la separación entre los trabajadores mejor pagados y los más mal pagados se amplía o se reduce, o dicho de otro modo juega al yo-yo.

De ahí que afirme perentoriamente que “hay que abandonar la idea de un mundo en donde se suponía que el trabajo es homogéneo y en el que sólo domina la desigualdad capital/trabajo”, para “analizar ahora la formación de las desigualdades de los ingresos del trabajo”.

Piketty puede abandonar lo que le salga de las narices, es su problema. Pero no puede afirmar que todo el mundo haya supuesto ni un solo instante que el trabajo es homogéneo, y por ende, que fuese históricamente remunerado del mismo modo, al mismo precio, en todas partes. Eso huele a postulado de economista que no ha visitado nunca el mundo real, que no conoce ni la industria ni el comercio, ni los intercambios reales. En fin, un economista.

Si Piketty hubiese conocido la industria francesa de los años 1945-1990, o sea la industria de su propio país, o si hubiese participado en una sola negociación colectiva, se hubiese enterado de la extraordinaria complejidad de los baremos salariales (“grilles salariales”) y de las Convenciones Colectivas, y hubiese conocido la inimaginable heterogeneidad de los elementos que determinan el salario de millones de trabajadores asalariados.

En este mismo momento, el Estado francés, la organización patronal y las federaciones sindicales no logran ponerse acuerdo –después de meses de negociaciones– para determinar un solo elemento –uno– que determina la extrema dureza de determinadas tareas, característica que debiese permitirle a los trabajadores concernidos jubilar a una edad más temprana.

Trasladados al campo de flores bordado, más específicamente al sector minero (del cual volveremos a hablar), constatamos que las empresas se empeñan en hacer proliferar los sindicatos estableciendo incluso diferencias arbitrarias entre sus asociados, con el objeto de dividirles, generar diferencias salariales artificiales y por consiguiente reducir la masa salarial.

Por cierto, esta práctica innoble no es exclusiva de la minería: en Chile es la regla allí donde todavía queda actividad sindical.

¿Trabajo homogéneo? ¿De dónde saca Piketty que alguien –aparte él mismo– suponía la homogeneidad del trabajo y las remuneraciones?

En todo caso su afirmación permite una conclusión provechosa: podemos dejar de lado la contradicción capital/trabajo, regalarle una paz principesca a las empresas y a los patrones, para concentrarnos en lo que –según Piketty– realmente importa: las desigualdades salariales.

¿Que yo exagero? Mira ver lo que dice el propio Piketty:

“Lo que está en juego con estos análisis toma ahora la forma de nuevas herramientas de redistribución: ya no se trata de saber si hay que abolir la propiedad privada del capital, cobrarle impuestos al lucro o redistribuir el patrimonio. Las herramientas adecuadas a la desigualdad de los ingresos del trabajo tienen otros nombres: impuestos a los salarios más altos, y transferencias fiscales para los bajos salarios…”

Si la CPC no suspira aliviada, y acto seguido no le otorga a Piketty el premio “Quinto de Caballería” a quién llega aportándole un inesperado refuerzo a sus abyectas políticas laborales… sería una ingratitud tan enorme como el pago de Chile.

Piketty, que gracias a sus series estadísticas muestra que la distribución de la riqueza creada se establece, grosso modo, en dos tercios para el trabajo, y un tercio para el capital, y que tal distribución es estable en el tiempo a pesar del desarrollo del sindicalismo y las luchas obreras, concluye pues en que no hay que tocarla.

A su juicio, dónde el “chancho está mal pelado” es entre los asalariados, cuyos desniveles de remuneración generan desigualdades inaceptables y las perpetúan.

Aquí es donde uno comienza a preguntarse qué es lo que fuma Piketty, al punto que te dan ganas, como sugiere Horacio, de decirle que tiene que cambiar de camello, visto que le están dando de la mala.

Porque lo que distiende el abanico de salarios, y aumenta la diferencia entre los currantes de a pie y los patriotas que tienen buenos salarios… es la diferencia en la acumulación de capital humano.

¿Cómo? A ver repite… Como lo lees, el genitor de las desigualdades es el capital humano.

Los currantes que han acumulado más capital humano son más productivos, y como –según los economistas– el nivel de los salarios tiene una conexión directa con la productividad, algo así como un WhatsApp embedded para que me entiendas, ganan más que un proletario con poco o ningún capital humano.

Ahí estaba la pieza del auto: siglos y siglos de especulaciones filosóficas, investigaciones económicas, hipótesis y teorías descabelladas, no habían logrado encontrarla. Piketty lo ha hecho, se acabó la fiesta, calabaza, calabaza, cada uno para su casa.

Ya… en fin, en una de esas, podría ser, pero… ¿Qué diablos es el capital humano?

En la materia Piketty no hace sino examinar las teorías de Gary Becker, uno que definitivamente respira poppers y se nutre con jaco afgano directamente a la vena. Este menda, neoliberal en plan talibán, que forma parte de la cosecha de Chicago, pseudo premio Nobel 1992 para más señas, sostiene que toda acción humana es el producto de un cálculo económico.

Por ejemplo, casarse (el polvo sale más barato y entre dos es más fácil pagar la cuota del auto), tener hijos (es una inversión rentable a largo plazo si el hijo me mantiene cuando llego a la vejez), etc., etc.

Es el mismo que sostiene que educarse es una inversión. Esa educación es rentable a largo plazo, porque formándote profesionalmente (ese es el capital humano), ganarás más dinero y si hoy no tienes plata para pagar los estudios, en un mercado perfecto del crédito (otra noción de economista) alguien te la prestará a cambio de una modesta tasa de interés visto que eres un buen riesgo. ¿Te va quedando claro? Y si el mercado del crédito no es tan, tan perfecto, no te inquietes. Para eso está el famoso crédito con aval del Estado, que arranca de este tipo de consideraciones. Incluyendo los intereses usureros.

De modo que un currante de alto nivel profesional es más productivo, ergo gana más plata, y ese mérito justamente retribuido es lo que tiende a ampliar las desigualdades en la escala de los ingresos provenientes del trabajo. ¿Algo que objetar? Sí su señoría. Un par de cosillas menores.

Piketty comienza tomando como dato “la desigualdad de niveles de capital humano individuales”.

Que entendido como una diferencia de habilidades, de conocimientos, de experiencia y de saber hacer, sin lugar a duda existe desde la época lejana en que un homo sapiens se dotó de la primera herramienta.

Pero Piketty olvida que aquellos que en un momento dado logran acumular más capital humano no trabajan solos, que el artesano del medioevo lograba realizar las maravillas que hoy nos deleitan porque en torno a él se movían decenas de aprendices, diferentes oficios, transportadores, preparadores, izadores, etc. etc.

Piketty olvida que la producción industrial es colectiva, masivamente colectiva. Que un médico especialista situado en un hospital moderno, por mucho capital humano que haya acumulado, es pasablemente inútil sin enfermeras, sin laboratoristas, sin camilleros, sin personal paramédico, sin las manos invisibles que aseguran la asepsia y la limpieza, o se encargan de la selección de los desechos contaminados, o de la alimentación de los enfermos, para no hablar de quienes aseguran la gestión, la contabilidad, los suministros de medicamentos e insumos, el transporte, las comunicaciones, etc., etc.

¿Cómo desligar la productividad de un cuadro altamente calificado del apoyo estructural que recibe de decenas y decenas de otros trabajadores sin los cuales un geólogo –por decir algo– sería incapaz de extraer una tonelada de mineral?

Todo eso, para Piketty no cuenta, ni siquiera lo menciona. “El juego de la oferta y la demanda, dice, determina los salarios asociados a diferentes niveles de capital humano, y con ello la desigualdad de los salarios”.

¡Ah…! si se trata de la ley de la oferta y la demanda… En ese caso…

No sé si ves el nivel del análisis, pero a servidor, que en esto reclama para sí el mérito de la paciencia, las disquisiciones de Piketty comienzan a tocarle una sin mover la otra.

Porque Piketty, desatado, afirma que, “En el largo plazo, es incuestionable que es el crecimiento de la productividad del trabajo el que ha permitido aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los asalariados”.

Como cualquiera pudiese anotar, esa no es la cuestión, visto que habría que preguntarse qué parte del aumento de productividad fue a parar a los bolsillos de los asalariados, y qué parte fue a engrosar la remuneración del capital, habida cuenta que la injusta acumulación de la riqueza –de la que el propio Piketty habla– está donde está, o sea en manos del gran capital.

No, eso no figura en el análisis de Piketty. Para él la contradicción capital/trabajo es pecata minuta.

La cuestión de las desigualdades reside en la acumulación de capital humano.

Piketty explica los bajos salarios del Tercer Mundo con el argumento de una menor acumulación de capital humano en los asalariados del hemisferio sur. ¿Y porqué los asalariados del hemisferio sur acumulan menos capital humano? Porque el mercado del crédito en el hemisferio sur adolece de “imperfecciones” (sic).

De modo que para Piketty, “la desigualdad considerable de la productividad del trabajo es el factor explicativo inevitable para dar cuenta de la desigualdad Norte/Sur de los salarios” (sic).

Objeción su señoría… Diga Ud. abogado defensor…

Si Piketty tiene razón, ¿qué puede explicar los salarios indecentes que palpan los famosos brokers que contribuyeron a provocar la peor crisis financiera de la historia en el año 2007? Esos que cobran varios millones de euros al año, por ejercer un oficio de boludo ignorante, no lo digo yo, lo dice Alain Minc, un neoliberal tarifado, al servicio de los peores intereses en Europa.

Un bróker… ¿cuánto capital humano acumulado? Hongo.

Y ya puestos, si Piketty tiene razón… ¿qué puede explicar que un minero chileno de la mediana minería del cobre, que produce hasta tres veces más que la media de un trabajador francés, el más productivo de Europa, gane menos del salario mínimo francés?

Esto no lo invento yo: pasa que me dedico a asesorar a los sindicatos de la mediana minería en las negociaciones colectivas, y los análisis de los Balances de dichas empresas muestran que sus trabajadores producen eso: hasta tres veces lo que produce un trabajador francés y/o norteamericano de los EEUU. Ganando menos del salario mínimo de esos países.

Pasa que para Piketty el dominio político del gran capital no existe, como no existen las mafias, ni los rufianes, ni las redes de tráfico de influencias, ni la explotación, ni la codicia que lleva a los yanaconas del capital financiero a exigir rentabilidades alcanzables sólo al precio del aplastamiento de miles y miles de vidas que para los economistas no son sino porcentajes, promedios, medianas y puñetas estadísticas.

Capital humano acumulado… todo Piketty en su gloriosa estulticia de economista a la moda.

Pero, aunque te parezca increíble, en Piketty hay cosas aún peores.

Si en Europa hay un tasa de desempleo muy alta, se debe a que los salarios más bajos son demasiado altos, o para ser más precisos, el costo del trabajo poco calificado es muy alto. Esta remuneración está constituida del salario mismo, y de las cotizaciones sociales a cargo de las empresas.

¿Y ahí? Ya viene, espera, espera, y sigue leyendo alma impía…

Para Piketty, la elasticidad de la sustitución de la mano de obra calificada por mano de obra no calificada es un elemento sustancial para resolver el problema del desempleo y las desigualdades salariales.

El tema va de lograr que el consumidor se pregunte qué parte de trabajo calificado, o no calificado, hay en los productos que consume. Porque si el consumidor decidiese consumir productos en los que el trabajo no calificado fuese mayoritario, estos trabajadores tendrían más posibilidades de encontrar un curro.

Y la mejor forma de estimular ese consumo, consiste en bajar el costo del trabajo no calificado, en modo tal que esos productos sean más baratos.

Para lograrlo, Piketty encontró una martingala: eliminar las cotizaciones sociales que pagan las empresas, para cargárselas a los altos salarios. De ese modo el costo del trabajo no calificado baja, y el trabajo más calificado deviene menos interesante.

Piketty, orgulloso de su descubrimiento, escribe: “un precio elevado del trabajo calificado, comparado al del trabajo poco calificado, no es la peor forma de incitar las empresas y los consumidores a orientarse hacia los bienes y servicios fuertemente intensivos en trabajo poco calificado y poco intensivos en trabajo calificado…”

En Chile habría que eliminar la gran minería para orientarse a una producción basada en el trabajo de los pirquineros… Cuando te digo que el camello de Piketty le vende de la mala… no exagero.

Como sea, no hace falta ser un lince para darse cuenta que la proporción de la riqueza creada que se lleva el capital no disminuye, eso es lo esencial. La cuestión de la desigualdad se desplaza a una simple redistribución en el seno de los asalariados.

Uno se pregunta qué hacer en países como Chile, en los que las empresas no pagan prácticamente ninguna cotización social… Y se explica porqué, a pesar de haber recibido su apoyo, François Hollande, después de haber sido elegido presidente de Francia, no tomó en cuenta ninguna de las sugerencias de Thomas Piketty.

A estas alturas mi paciencia se va agotando. Leer tanta genialidad satura hasta a los más pintados. Y lo que es realmente disuasivo es que Piketty, como cualquier otro economista, se supera a sí mismo y se eleva en una suerte de curva parabólica que tiende al infinito.

Insistiendo en su noción de capital humano, cuya acumulación es la responsable de los altos salarios y al mismo tiempo de tanta injusticia en la Tierra, afirma:

“… si la experiencia y el aprendizaje aportados por un empleo dado permiten un fuerte aumento del capital humano, entonces el asalariado aceptará un salario muy bajo o incluso le pagará al empleador durante ese periodo de tiempo para poder ocupar ese puesto y realizar esa inversión rentable…”

Henos aquí en el súmmum de la modernidad: trabajadores que pagan por trabajar.

Pero a decir verdad, ni tan moderno: en San Fernando, en los años de mi adolescencia, había patrones que le negaban el salario a los jóvenes diciendo: “Te estamos enseñando a trabajar… ¡¿y además quieres que te pague?!”

Piketty no ha inventado nada.

Es impresentable que se le compare a Marx, cosa que por lo demás ni siquiera creo que haya soñado nunca. Piketty, para bien o para mal, es un economista banal. Con algunas habilidades en la econometría y el proceso masivo de datos. Un economista que se vende bien. Con eso debiese bastarle. Adiós Thomas Piketty.

No quisiera terminar esta nota sin recordar a Bernard Maris, el economista que me convenció de la necesidad de estudiar economía, disciplina opaca, ininteresante, poco estimulante y aburrida como una puerta de prisión.

Bernard Maris era el tipo que lograba inyectarle pasión, humor, color y sensualidad a la economía. Gran mérito. Pero pasa que el 7 de enero un par de jalaos de la chaveta lo mataron de una ráfaga de kalashnikov en los locales de Charlie Hebdo.

Y desde entonces Bernard Maris nos hace falta. La economía, esa que merece la pena, perdió a su más eminente defensor. Como escribió un redactor de “Siné Mensuel”, otro que perdió la ocasión de disfrutar su cáncer de la próstata.

Luis Casado

fuente:http://www.g80.cl/

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